Hoy quiero contarles una historia, una historia de afectos, como la mayoría de las historias que existen. La historia de un cariño que saca sonrisas y al igual desgarra el corazón sin tener ningún respeto por lo que está dañando... Una historia de algo que más allá de la mente, no pasa, y parece que nunca pasará.
De pequeño corazón es ella, un corazón pequeño para un cuerpo muy diminuto... Una persona pequeña, con un corazón pequeño, pero con sentimientos grandes, tan grandes que superaban el tamaño de su misma persona. Anhelaba con locura a un cuerpo mucho más grande que ella, y más que a su cuerpo a todo lo que él era, su cuerpo, su alma, su interior... Todo le parecía bien, y su considerable tamaño era perfecto para resguardarle a ella, y a su cuerpo pequeño. Era el tipo de protector perfecto, con brazos grandes y sentimientos grandes, ardiente como él mismo, acogedor y atrevido.
Y bueno... Al decir todo, todo suena casi perfecto, ambos encajan y se complementan, quizá. Pero... Esta persona pequeña no era capaz de dejar que sus grandes sentimientos le salieran de adentro, porque hay cierto factor que siempre detiene a las personas antes de iniciar el camino hacia lo que desean, el execrable y lacerante miedo. Que con sus garras de ave rapaz te saca de adentro a su antagonista la valentía, que está impaciente por saltar a aquella persona con todas las dulces palabras y caricias que en el interior deseas propinarle. Y es así, como, ese pie, antes de moverse, tiembla, porque el miedo le dice que debe temblar, y así, la pequeña, con su pequeña valentía desolada por no lograr su cometido, se van alejando más y más, con las palabras en la boca, la lágrima a punto de salir, el temblor en sus labios... ¡Las ganas de gritar como si no existiera mañana! Oh, y cómo desearía gritar. Y no sólo me refiero a gritarle sus sentimientos. A gritar todo lo que tiene dentro, y a gritar, gritar y seguir gritando bajo el peso de su cuerpo, siendo manoseada y arrullada, cual instrumento en una orquesta, tocada con dedicación, temple y entusiasmo. Frenéticamente, para no decir menos.
El miedo hace, que se trague las palabras claro, y que los gritos queden únicamente en los adentros de su conciencia, en el lado más lascivo de su mente y sus pensamientos. ¡Oh, maldición! Qué tristeza daba la pequeña a quienes pudiesen notar su aire triste, una tristeza vestida de fiesta, que sólo al estar cerca de su gran adoración conseguía esa intensidad en el alma. Esa manera en su pecho vibraba, esa presión, como si su pecho fuese a explotar... Era un dolor que le gustaba... Un masoquismo perfecto, sus ojos apreciaban la silueta de dicha persona, lo veía a lo lejos y sus latidos aumentaban, el dolor en su pecho crecía más y más, y le gustaba... Lo disfrutaba. Quizás, en espera de un dolor que también disfrutaría entre sus brazos.
¡Oh, pequeña!, ¿qué hacer? No hay más opción que ser honesta, aunque tu pequeño corazón se rompa.