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domingo, 28 de octubre de 2018

De mí, sexualidad.

Hace algunos días, la página de Asexuales Chile compartía una infografía sobre la asexualidad en pos de la semana de la visibilización asexual. En ella, se referían a todos los espectros que esta posee, entre ellos, la demisexualidad, que pertenece a uno de los espectros grises. Escribo esto, no para plantear una cátedra sobre qué es ser asexual o demisexual, sino para ir más allá, de todas formas, sería bueno que leyeran lo que la página plantea.
Me di cuenta que era demisexual hace tres años, sin embargo, en ese momento ni siquiera sabía que aquello existía, solamente surgió en mí aquella idea de que nunca podría sentir deseo sexual por una persona con la cual no compartiera un vínculo afectivo mayor. Al principio, pensé que estaba alienada por la supuesta moral, o haciéndole el quite a vivir mi sexualidad plenamente, creí que estaba siendo cartucha, que estaba arrancando de la libertad sexual que merecía. Sin embargo, no era así, nunca fue un escabullida de la sexualidad, sino más bien, un encuentro con ella. En estos años, han existido cinco personas que han desatado mi deseo sexual, sólo con tres de ellas se pudo concretar algo, las otras dos, no pasó de lo platónico. Con estas personas, especialmente con las cuales pude estar de forma íntima, desarrollé un vínculo emocional tan grande, que mientras más crecía, más aumentaba mi deseo y más veces quería estar con ellos. Fue así, como me fui dando cuenta de que realmente esta era mi identidad y mi orientación.
Actualmente, estoy sin pareja y sin compañero sexual, lo cual, más allá de tenerme en un momento estable y algo aburrido, me ha ido demostrando aún más la demisexualidad presente en mí. Muchas personas me dicen que aproveche de estar con alguien sin compromiso mientras sigo soltera, y si bien sonrío y digo que sí, que podría ser; en el fondo sé que es imposible. Porque no hay nadie que me atraiga en este momento, porque no he formado un vínculo con ninguna persona a tal nivel para desearlo, porque rememorando a esos platónicos del pasado divierto mi cabeza de vez en cuando para un ejercicio tan común y placentero como la masturbación. Sólo por recuerdos cómodos y por la misma satisfacción personal. Pero no, no hay imágenes nuevas ni alguien que me haga sentir ese picor dentro, porque sólo aparece cuando quiere aparecer.




viernes, 12 de octubre de 2018

7 años

Tantas veces he escuchado decir que el tiempo no pasa en vano, y que las cosas que hicimos en el pasado de alguna forma van a afectar directamente en las decisiones, en los caminos que tomamos en el futuro. Y sí, así es, o al menos, de aquella forma lo veo ahora. Me dijeron que la mejor forma de calmar las aguas en mi interior y cerrar por fin un ciclo funesto de amor a medias, de dolor incurable, de indecisión y de huídas, era ponerme de frente y decir cada error, asumir cada mala decisión, saber entender que lo había hecho mal y que mis decisiones no habían sido las mejores.
Y lo hice, me encontré con, quizás, el nombre más importante en una lista de nombres que he querido borrar a rayones, de esos tan fuertes que rompen la hoja donde alguna vez fueron escritos, y el único nombre que nunca se pudo borrar era aquél, el de esa persona a la que tuve que confesarle lo que menos quieres asumir como persona: que me había equivocado. Que cuando me decía a mí misma que no debía, lo único que deseaba era hacerlo, que cuando me decía a mí misma que debía ser honesta, corría, me cubría con el manto de la vergüenza y las ganas de llorar, por creer que en la voz de ese otro existía una negativa enorme y una petición implacable de que saliera de ahí de una buena vez. Y, ¿qué duele más? ¿Saber que se estaba equivocada o saber que no puedes cambiar el pasado? ¿Qué te hace más daño? ¿Saber que incluso ahora, pasado el tiempo, es como si en tu corazón no hubiese cambiado nada, o saber que eso mismo ya no importa? Porque ningún nombre puede borrarlo, porque ninguna piel parece ser más electrizante, porque ninguna lágrima anteriormente derramada se siente más fuerte que el dolor que te provoca saber que los errores te hacen perder amores, que los amores no son tan fáciles de destruir, que tu corazón sigue completamente enamorado.