Siendo más de las 2am, por mi cabeza
viajan muchísimas ideas, algunas que doce horas después (o un poco
más) finalmente puedo plasmar en el escrito. Sacarlo de adentro. Fue
un trabajo enorme intentar conciliar el sueño, ya que horas antes de
poder lograrlo, lágrimas tímidas caían por mis ojos, sin poder
llorar debidamente, porque era demasiado tarde para levantarse a
lavar mi cara, a secar mis ojos, a limpiar mi nariz que se perdía
entre sollozos pequeños y débiles.
Entonces consideré lo siguiente. El
encierro, obligado o por medio de una decisión altruista y
preocupada, va poco a poco generando reacciones en todas las personas
que lo están viviendo. Va desde las risas al llanto, desde la
tranquilidad a la desesperación. Se nubla con un choque de
autocompasión o de superioridad moral. Porque quienes lo están
pasando más mal que tú, te exigen que no compartas tus propios
miedos, tus dolores. Te enrostran su miseria, y te piden que por
favor te calles. Y por otro lado, los moralmente superiores, o que
parecen no necesitar a nadie con ellos/as a su alrededor te
cuestionan el extrañar, el sentirte solo/a. Y piensas, ¿no era que
no había nada malo en mostrar lo que nos pasa, y no hay que jugar al
empate?
En un mundo, porque va más allá del
pedazo de tierra con fronteras que compartimos, donde la
neurodivergencia, la ansiedad o la depresión son cosas del diario
vivir, es difícil plantearnos de buena manera el encierro, la
soledad, la lejanía. El sentimiento de orfandad que puede implicar
estar todo un día encerrado en una habitación, al paso de los días
puede afectar tremendamente cómo nos relacionamos con nuestro
entorno. Mientras más lo que pensaba, sabía que cuando todo esto
pase, mi forma de actuar frente al resto cambiaría. Estar semanas
sin tocar a nadie, sin ver a gran parte de la familia y sus
compañeros, compañeras afectivas, se puede tornar sumamente
abrumador.
Lo hacemos por un bien mayor, para
garantizar un futuro, para cuidar a quienes tenemos, para que todo
salga bien, para seguir todos, todas. Ese es nuestro consuelo, entre
medio de tanta desesperación. El solo pensar en aquellos/as que no
pudieron ir donde la familia, quienes trabajaban en regiones
diferentes, todos quienes tuvieron que aceptar la realidad de la
soledad para no sentirse irresponsables, porque pensar en que seguir
los instintos, actuar desde la guata, les paraliza. Entonces la
angustiosa soledad parece una mejor opción que poner en riesgo a
quienes amas, pero te está matando lentamente. Porque quizás el
virus no te mate, pero después de que la tormenta pase no volverás
a ser la misma persona.
Te aferras a las llamadas telefónicas,
a las videollamadas, a los mensajes hasta la madrugada. Es lo único
que mantiene la cordura. Las cadenas, los juegos, las conversaciones,
las series, las películas. Es lo único que te garantiza seguridad.
Otra crisis de ansiedad, tranquila ya va a pasar. Oh, de nuevo no te
puedes mover de la cama porque sientes que te vas a morir. Respira,
ya pasó. Han pasado horas desde la última vez que lloraste. Seguro
ya lo olvidaste, al rato se te pasa. Sigue leyendo, sigue dibujando,
sigue viendo videos de manualidades, de Barbies cambiándose el look,
sigue vitrineando en Aliexpress aunque no vayas a comprar nada. Los
lápices se te gastan, no tienes sacapuntas. Cuando se acabe no
podrás dibujar, le pedirás a tu papá que use su cortaplumas.
Divagas, respiras, de perdiste el hilo de lo que estabas
escribiendo.
En la salud o en la enfermedad, parece
un mantra. Qué frase tan potente, quizás algún día la escuches.
Pero tiene sentido. Este es el momento, piensas, en que se haga
realidad.