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domingo, 22 de marzo de 2020

En la salud y en la enfermedad


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Siendo más de las 2am, por mi cabeza viajan muchísimas ideas, algunas que doce horas después (o un poco más) finalmente puedo plasmar en el escrito. Sacarlo de adentro. Fue un trabajo enorme intentar conciliar el sueño, ya que horas antes de poder lograrlo, lágrimas tímidas caían por mis ojos, sin poder llorar debidamente, porque era demasiado tarde para levantarse a lavar mi cara, a secar mis ojos, a limpiar mi nariz que se perdía entre sollozos pequeños y débiles.
Entonces consideré lo siguiente. El encierro, obligado o por medio de una decisión altruista y preocupada, va poco a poco generando reacciones en todas las personas que lo están viviendo. Va desde las risas al llanto, desde la tranquilidad a la desesperación. Se nubla con un choque de autocompasión o de superioridad moral. Porque quienes lo están pasando más mal que tú, te exigen que no compartas tus propios miedos, tus dolores. Te enrostran su miseria, y te piden que por favor te calles. Y por otro lado, los moralmente superiores, o que parecen no necesitar a nadie con ellos/as a su alrededor te cuestionan el extrañar, el sentirte solo/a. Y piensas, ¿no era que no había nada malo en mostrar lo que nos pasa, y no hay que jugar al empate?
En un mundo, porque va más allá del pedazo de tierra con fronteras que compartimos, donde la neurodivergencia, la ansiedad o la depresión son cosas del diario vivir, es difícil plantearnos de buena manera el encierro, la soledad, la lejanía. El sentimiento de orfandad que puede implicar estar todo un día encerrado en una habitación, al paso de los días puede afectar tremendamente cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Mientras más lo que pensaba, sabía que cuando todo esto pase, mi forma de actuar frente al resto cambiaría. Estar semanas sin tocar a nadie, sin ver a gran parte de la familia y sus compañeros, compañeras afectivas, se puede tornar sumamente abrumador.
Lo hacemos por un bien mayor, para garantizar un futuro, para cuidar a quienes tenemos, para que todo salga bien, para seguir todos, todas. Ese es nuestro consuelo, entre medio de tanta desesperación. El solo pensar en aquellos/as que no pudieron ir donde la familia, quienes trabajaban en regiones diferentes, todos quienes tuvieron que aceptar la realidad de la soledad para no sentirse irresponsables, porque pensar en que seguir los instintos, actuar desde la guata, les paraliza. Entonces la angustiosa soledad parece una mejor opción que poner en riesgo a quienes amas, pero te está matando lentamente. Porque quizás el virus no te mate, pero después de que la tormenta pase no volverás a ser la misma persona.
Te aferras a las llamadas telefónicas, a las videollamadas, a los mensajes hasta la madrugada. Es lo único que mantiene la cordura. Las cadenas, los juegos, las conversaciones, las series, las películas. Es lo único que te garantiza seguridad. Otra crisis de ansiedad, tranquila ya va a pasar. Oh, de nuevo no te puedes mover de la cama porque sientes que te vas a morir. Respira, ya pasó. Han pasado horas desde la última vez que lloraste. Seguro ya lo olvidaste, al rato se te pasa. Sigue leyendo, sigue dibujando, sigue viendo videos de manualidades, de Barbies cambiándose el look, sigue vitrineando en Aliexpress aunque no vayas a comprar nada. Los lápices se te gastan, no tienes sacapuntas. Cuando se acabe no podrás dibujar, le pedirás a tu papá que use su cortaplumas. Divagas, respiras, de perdiste el hilo de lo que estabas escribiendo.
En la salud o en la enfermedad, parece un mantra. Qué frase tan potente, quizás algún día la escuches. Pero tiene sentido. Este es el momento, piensas, en que se haga realidad.

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