Me encontraba en un Coloquio, maravilloso, por cierto, en donde hablaríamos del territorio cuerpo y de la menstruación, del clítoris, del orgasmo femenino. Temas que muchas veces omití en mi vida, no porque no quisiera saberlo quizás, las dos respuestas que se me ocurren en este momento son la vergüenza y la ignorancia: vergüenza de tocar y conocer mi cuerpo; ignorancia sobre las cosas que están dentro de él y que podía llegar a sentir. Recuerdo que las expositoras en algún momento dijeron que si teníamos la oportunidad de mirarnos la vulva con un espejo, lo hiciéramos, porque únicamente así comenzaríamos a aprender de nosotras mismas y de lo que tenemos.
Han pasado días desde este encuentro, y las ganas de aventurarme en esta especie de misión fueron creciendo con el pasar de las semanas. Mientras lo pensaba, al mismo tiempo recordaba, extrañamente, cuántas personas pudieron ver aquel espacio entre mis piernas que yo jamás había observado. Recordé, torpemente, que cuando había tenido sexo la primera vez ni siquiera sabía dónde debía entrar mi pareja. Me reí, pensaba que me había limitado a muchas cosas por temor o por no saber que podía hacerlo.
Esa noche, todo cambió. El calor era insoportable, al menos para mí, que no lo puedo tolerar. Recordé un espejo que me habían regalado, de esos para sacarse las cejas o las espinillas, tal vez ambas. Lo abrí, con dificultad y me quité la parte de abajo del pijama. Abrí mis piernas y vi mi vello frondoso y crespo, oscuro y grueso. Mis labios, gordos, como la mayoría de mi cuerpo, cubriendo todo. Lo abrí, y ahí estaba, similar a lo que pensaba, rosada y sensible. Pasaron por mi cabeza todas las personas que la llegaron a tener de frente y pensé, ¿qué habrá pasado por su cabeza en ese momento? Era un espectáculo, una nueva experiencia, algo indescriptible.
Luego de eso, sentí un picor extraño por dentro. Me volví a vestir, apagué la luz, y volví a tocar, ahora, y para siempre, con un imaginario de lo que estaba haciendo.
Han pasado días desde este encuentro, y las ganas de aventurarme en esta especie de misión fueron creciendo con el pasar de las semanas. Mientras lo pensaba, al mismo tiempo recordaba, extrañamente, cuántas personas pudieron ver aquel espacio entre mis piernas que yo jamás había observado. Recordé, torpemente, que cuando había tenido sexo la primera vez ni siquiera sabía dónde debía entrar mi pareja. Me reí, pensaba que me había limitado a muchas cosas por temor o por no saber que podía hacerlo.
Esa noche, todo cambió. El calor era insoportable, al menos para mí, que no lo puedo tolerar. Recordé un espejo que me habían regalado, de esos para sacarse las cejas o las espinillas, tal vez ambas. Lo abrí, con dificultad y me quité la parte de abajo del pijama. Abrí mis piernas y vi mi vello frondoso y crespo, oscuro y grueso. Mis labios, gordos, como la mayoría de mi cuerpo, cubriendo todo. Lo abrí, y ahí estaba, similar a lo que pensaba, rosada y sensible. Pasaron por mi cabeza todas las personas que la llegaron a tener de frente y pensé, ¿qué habrá pasado por su cabeza en ese momento? Era un espectáculo, una nueva experiencia, algo indescriptible.

