Mi cuerpo se encuentra extremadamente frío, congelado, hasta
adolorido. Me cuesta respirar y mi pecho está bastante agitado, mis pies están
demasiado abrigados, pero siguen sin calentarse. La temperatura es
excesivamente baja. De mí sale un suspiro de color blanco, que se trasmite en
un corto camino, su mensaje es claro: Algo hace falta.
Con las ideas tanto o igual de congeladas que mis manos y mi
cuerpo, me limito a analizar en el estado que me encuentro, tan fría que no
consigo sonreír, con labios morados y un poco rojos de tanto morderlos, de
tanto hacerlos sangrar; con las mejillas rojas por esto, este frío intenso que
no desaparece. Ni la más gruesa manta, ni el más vivo fuego lograría calmar
esta hipotermia.
La respiración se agita, la tez de mi piel se torna más
pálida, mis pies se congelan, mis ojos se secan, al igual que la lengua. ¿Qué
está pasando? ¿Qué es lo que me falta?. El frío está aumentando, la soledad a
su vez, mis ojos se cierran, la exaltación aumenta, el dolor también.
