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miércoles, 29 de mayo de 2013

Frío.

Mi cuerpo se encuentra extremadamente frío, congelado, hasta adolorido. Me cuesta respirar y mi pecho está bastante agitado, mis pies están demasiado abrigados, pero siguen sin calentarse. La temperatura es excesivamente baja. De mí sale un suspiro de color blanco, que se trasmite en un corto camino, su mensaje es claro: Algo hace falta.
Con las ideas tanto o igual de congeladas que mis manos y mi cuerpo, me limito a analizar en el estado que me encuentro, tan fría que no consigo sonreír, con labios morados y un poco rojos de tanto morderlos, de tanto hacerlos sangrar; con las mejillas rojas por esto, este frío intenso que no desaparece. Ni la más gruesa manta, ni el más vivo fuego lograría calmar esta hipotermia.

La respiración se agita, la tez de mi piel se torna más pálida, mis pies se congelan, mis ojos se secan, al igual que la lengua. ¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que me falta?. El frío está aumentando, la soledad a su vez, mis ojos se cierran, la exaltación aumenta, el dolor también.

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