La primera vez que tuve una crisis de ansiedad la recuerdo muy bien. Estaba sentada con una amiga en el pasillo del segundo piso de la universidad, recuerdo que había recibido una mala noticia. Algo que me había cambiado para siempre. Llevaba varios minutos fingiendo una tranquilidad tremenda, hasta que miré a los ojos a mi amiga, ya no recuerdo bien qué palabras salieron por nuestras bocas y pasó. Sentí que me faltaba el aire, que mi corazón se apretaba y lloré, grité entre sollozos, desesperada, pensaba que moriría. Mi amiga me abrazó y yo no podía parar de gritar. Llamó a alguien, o la llamaron, ya no lo recuerdo, pero ahí le dijo: “Necesito ayuda, la tengo llorando a gritos”. Después de eso recuerdo una agüita de hierbas y un plato de fideos en compañía de mi amiga y otras compañeras. Esa fue la primera vez, pero jamás la entendí como eso hasta ahora.
Uno de mis libros favoritos, Tokio Blues, tiene una cita que siempre pareció como un mantra: “Cuando uno está rodeado de tinieblas, la única alternativa es permanecer inmóvil hasta que sus ojos se acostumbren a la oscuridad.”, la repetí, una y otra vez, haciéndole caso total. Porque parecía que desde ese primer momento donde creí que me desvanecería, vivía en tinieblas. Y me quedé quieta, y traté de mirar a través de ellas. Y poco a poco, parecía que estaba todo bien. Que día a día, todo iba mejor. Pero, de vez en cuando, volvía a sentirlo, volvía a vivir el temor a morir.
Mi época de tinieblas fue quizás una experiencia necesaria, pero no por eso menos agotadora y horrible. Al recordar, me duele profundamente el corazón. Cuando pensé que era momento de parar, fue al mismo tiempo que comencé mi terapia. No fue muy larga, porque no era mucho a lo que podía optar. La terapia nunca tocó la ansiedad, porque en ese momento no sabía que ya me estaba acompañando, pero ayudó a suavizar muchas de las cosas que generaban esas crisis. Fue entonces como, sentí como nunca antes, que quizás ya me había curado.
Me enamoré, me descubrí, me sentí bien conmigo misma. No me malentiendan, así me siento en este momento, pero la ansiedad parece ser una sombra que te persigue aunque sepa que no puede afectarte tanto como antes. Es una voz que susurra cuando estás feliz que no bajes la guardia, es como cuando llegabas del colegio en tu niñez diciendo que te habías sacado un 6,0 y tus papás preguntaban por qué no había sido un 7,0. Es la ansiedad quien se encarga de mirar en menos cada paso que das, y sentir que no importa lo que hagas, jamás será suficiente.
Todo esto lo pienso y es extraño. Siempre fui llorona, pero nunca lo asimilé como algo que me fuera a generar un peso como este. Incluso, en mi familia suelen tomarlo como algo de lo cual reírse. Que todo me afecte es chistoso, incluso molesto. Entonces, la ansiedad se aprovecha de eso, y me susurra suavemente: “¿Para qué decirles cómo te sientes si de todas formas creen que es estúpido?”, entonces, obedeces. No quieres decirle a quienes amas lo que sientes, porque no quieres darles la lata con tus problemas, porque tienes miedo de que se aburran, porque “siempre es lo mismo contigo”. Y lo dejas pasar, y vives la crisis en soledad, porque no puedes mostrarte así. Entonces, parece que eso no es lo que debes hacer, entonces lo cuentas, te ayudan, te sientes mejor. Le dices a tu compañero que no te sientes bien, te escucha, lloras, y parece que todo está mejor. Lo amas tanto, que no quieres saturarlo con tu ansiedad. Pero él siempre está ahí, te calma, te da esperanza. Tus amigas te escuchan, te aman. Tu familia no entiende, pero te sigue queriendo. Entonces, ¿por qué sigues llorando? Porque no quieres perder lo que has ganado, porque quieres seguir siendo feliz, porque te quieres, pero a veces no. Porque sientes que puedes con todo, pero a veces te duele tanto exigirte. Porque amas tanto a tu gente, que sin ellos vuelve el miedo a la muerte.
