Tantas veces he escuchado decir que el tiempo no pasa en vano, y que las cosas que hicimos en el pasado de alguna forma van a afectar directamente en las decisiones, en los caminos que tomamos en el futuro. Y sí, así es, o al menos, de aquella forma lo veo ahora. Me dijeron que la mejor forma de calmar las aguas en mi interior y cerrar por fin un ciclo funesto de amor a medias, de dolor incurable, de indecisión y de huídas, era ponerme de frente y decir cada error, asumir cada mala decisión, saber entender que lo había hecho mal y que mis decisiones no habían sido las mejores.
Y lo hice, me encontré con, quizás, el nombre más importante en una lista de nombres que he querido borrar a rayones, de esos tan fuertes que rompen la hoja donde alguna vez fueron escritos, y el único nombre que nunca se pudo borrar era aquél, el de esa persona a la que tuve que confesarle lo que menos quieres asumir como persona: que me había equivocado. Que cuando me decía a mí misma que no debía, lo único que deseaba era hacerlo, que cuando me decía a mí misma que debía ser honesta, corría, me cubría con el manto de la vergüenza y las ganas de llorar, por creer que en la voz de ese otro existía una negativa enorme y una petición implacable de que saliera de ahí de una buena vez. Y, ¿qué duele más? ¿Saber que se estaba equivocada o saber que no puedes cambiar el pasado? ¿Qué te hace más daño? ¿Saber que incluso ahora, pasado el tiempo, es como si en tu corazón no hubiese cambiado nada, o saber que eso mismo ya no importa? Porque ningún nombre puede borrarlo, porque ninguna piel parece ser más electrizante, porque ninguna lágrima anteriormente derramada se siente más fuerte que el dolor que te provoca saber que los errores te hacen perder amores, que los amores no son tan fáciles de destruir, que tu corazón sigue completamente enamorado.

Y lo hice, me encontré con, quizás, el nombre más importante en una lista de nombres que he querido borrar a rayones, de esos tan fuertes que rompen la hoja donde alguna vez fueron escritos, y el único nombre que nunca se pudo borrar era aquél, el de esa persona a la que tuve que confesarle lo que menos quieres asumir como persona: que me había equivocado. Que cuando me decía a mí misma que no debía, lo único que deseaba era hacerlo, que cuando me decía a mí misma que debía ser honesta, corría, me cubría con el manto de la vergüenza y las ganas de llorar, por creer que en la voz de ese otro existía una negativa enorme y una petición implacable de que saliera de ahí de una buena vez. Y, ¿qué duele más? ¿Saber que se estaba equivocada o saber que no puedes cambiar el pasado? ¿Qué te hace más daño? ¿Saber que incluso ahora, pasado el tiempo, es como si en tu corazón no hubiese cambiado nada, o saber que eso mismo ya no importa? Porque ningún nombre puede borrarlo, porque ninguna piel parece ser más electrizante, porque ninguna lágrima anteriormente derramada se siente más fuerte que el dolor que te provoca saber que los errores te hacen perder amores, que los amores no son tan fáciles de destruir, que tu corazón sigue completamente enamorado.

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