Su cabello azabache era iluminado por el leve brillar de esa
Luna inmensa, que esta noche, como ninguna otra está mucho más grande, más
pura, más hermosa. Ella, ha descubierto que ya no pertenece al mundo como tal,
pero que aún quería disfrutar, no quería irse. De ninguna manera. Una dulce
sombra se movía a su alrededor, parecía un muchacho, muy parecido al que ella
amase tiempo atrás. Recordarlo le hizo sentir un poco de alegría, le hizo
olvidar que ya era tarde para recordar sus sentimientos y su corazón,
extrañamente, el corazón que ya no poseía latía frenéticamente en su pecho, el
que como es normal en una situación así debía estar tan frío como esa cuidad a
esa hora.
Siguió lentamente a esa sombra, cuando logró verlo con más
detalle se dio cuenta de que no era sólo parecido a su amor perdido, sino que
era el mismo hombre que abandonara antes de partir, aunque ciertamente, nunca
había partido porque no quiso hacerlo, porque no quiso huir de su realidad,
porque tenía muchas cosas por hacer y no quería, de ninguna forma, olvidarlo.
Siguió al muchacho, con gran temor, analizaba la situación con un poco más de
racionalidad, especulando acerca de un nuevo amor en su camino; con gran miedo
lo siguió, estuvo cerca de él por largo rato, pero para su sorpresa, él no
hablaba con nadie más, ni estuvo con ninguna otra.
Cuando en la casa del joven muchacho, de cabellos oscuros y
desordenados, con tez pálida y mirada triste, que con ojos cafés bastante
claros miró su cama vacía y suspiró, al lado de su cama había una foto de una
mujer de cabello largo y oscuro, azabache para ser exactos, con piel clara y
ojos profundos con una gran sonrisa y color en las mejillas, al lado de la
alegre mujer se encontraba un muchacho, claramente era él, pero su aspecto no
se comparaba a como estaba en ese momento; tenía una sonrisa amplia, los ojos
brillaban y sus mejillas ardían de alegría, ambos se complementaban, ambos eran
uno.
Él se recostó, con los ojos entreabiertos miró a la mujer de
cabello azabache consigo, le sorprendió bastante verla, pensó en que había
muerto, o algo por el estilo. Ella le sonrió, con su piel extremadamente pálida
y labios carmesí. Él quedó completamente feliz, no sabía cómo reaccionar ante
la presencia de su gran único amor y lo que más deseaba tener en este momento.
El inexistente corazón de ella volvió a palpitar con fuerza, a su vez el de él,
que estaba realmente ahí latió estrepitosamente. Sus pulsos generaron un
hermoso compás, que no acabó ahí. Ese espíritu con intensos sentimientos,
analizó bien la situación, decidió estar con él hasta que todo terminara,
aunque fuera imposible, aunque fuera cansado, aunque causara dolor.
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