Viviste por largos años creyendo que para ser feliz tenías que darle en el gusto a los demás, te esforzaste en responder sumisamente ante las peticiones de otros, incluso cuando eso significaba aceptar cosas que no querías, que no quisiste y no querrás volver a aceptar. Creíste que para amar a alguien debías darte completamente, incluso tragarte aquellos enojos que podían aparecer. Creías que de eso estaba hecho, que aceptar lo que te molestaba del otro era amarlo incondicionalmente. Pero no. No era eso lo que querias, no era así como se debía expresar el amor, no era de esa forma que tenías que vivir, no podías seguir haciéndolo, no podías seguir llorando de pavor cuando pensabas que alguien se molestaría contigo por hacer, justamente, lo que tú querías. Por eso renaciste, por eso gritaste que no, por eso miraste a los ojos a quien amabas para decirle que no podías seguir comiéndote tu rabia, que no podías aceptar ese destino. Porque no naciste con cadenas, porque aprendiste a gritar fuerte, a que la voz no se te quebrara, a vivir. Aprendiste a vivir con tus defectos, aprendiste a amarte a ti, levantaste la cabeza y lo hiciste, te expresaste, ya no querías quedarte callada, porque era momento de salvarse, de saber que para seguir creciendo debes ser tú y luchar contra lo que te oprime. Disfrutar del afecto que no te priva de tu naturaleza y esencia maravillosa, buscar la paz y el deseo en donde quieras, amar como corresponde, sin miedo, sin callarse nada, sin romperse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario