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lunes, 17 de septiembre de 2012

(pensamientos)

Se sentía acorralada, por sentimientos que no desaparecían. Lo necesitaba, más que antes y menos que después, por así decirlo. Cada día se volvía más agudo este sentimiento, ¿cómo podría continuar así?. Se repetían estos pensamientos, hasta que un día quiso hacerlo; quería verlo y haría lo que sea por eso. Tenía miles de obstáculos y no sabía como evadirlos. Solo podía llorar.

Ahí estaba él como siempre, con su mirada dulce, su sonrisa contagiosa y sus ojos que irradiaban una ternura potente. Caminaba en una dirección desconocida, con una mirada de decisión.
Miraba a su alrededor, muchas personas caminaban, hasta que le distinguió. Su princesa, su niña, caminaba, ropa negra, curvas de alguna forma marcadas y una sonrisa ancha. Cuando ambos se tuvieron al frente, solo atinaron a reconocerse y besarse.

Cada sueño que ella tuvo, marcaba eso: Un encuentro, que podría ser perfecto si se realizara. Necesitaba desesperadamente eso, verlo, sentirlo, tocarlo. Pero, ¿cómo hacerlo?. Nadie podría ayudarla, porque nadie podía entenderla. Le hacían sentir que estaba en el camino equivocado, esperando lo improbable. Para ella no importaba, solo importaba su sueño.

Nuevamente lo veía, sentado con ella en el pasto, jugueteando entre ambos. Podía sentir su cuerpo sobre el de ella, su mismo cuerpo se manifestaba como si así fuera. 

Sentía ese cuerpo masculino, perfecto. Que ya conocía, pero que jamás había podido sentir. El dolor estaba impregnado en su alma, tanto así, que ese dolor se volvía físico. Tenía dolor por todo su cuerpo y no podía, no podía apaciguarlo.

Su imagen estaba en su mente, una y otra vez; con cada suspiro emitido, con cada pensamiento dulce, y con los pensamientos más maduros también. Sentía la fuerte necesidad de él. Nada podía dejarla tranquila, no podía controlar estos sentimientos. Quería imponerse ante esta presión, pero tampoco le era posible. ¿Dónde estará?, se preguntaba. ¿Cómo lo resiste?, ¿Habrá algo que le haga sentirse mejor?. Las lágrimas comenzarían a brotar en cualquier momento.

No podía evitarlo, necesitaba algo para calmarse. Llevó su mano por debajo de su ropa y pensó en él. Cualquiera que la viera en ese momento la miraría con asco, con miedo, pero no tenía más opción, el dolor la estaba haciendo sentirse basura. Quería verlo, quería verlo de una buena vez. Ya no soportaba la ausencia, no soportaba la lejanía.

Todas las noches, al dormir dejaba un espacio en su cama. Este quedaba ahí siempre, como esperando la llegada de él. Ese lugar siempre quedaba helado, el de ella se alimentaba con el calor de sus pensamientos, de los sueños, de todo. Hasta en esas noches de nostalgia, de melancolía, donde el calor de la rabia estaba presente.

¿Dónde estará mi ángel?, pensaba melancólicamente.
¿Por qué no llega aún, por mí?. ¿Qué seré yo, sin él?.




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