Llevaba, por lo que sentía, siglos tragando saliva y pensando en eso. Me sentía del asco, no habían palabras para decirlo. Nunca me sentí tan sola, a pesar de no estarlo, bueno, que hayan personas cerca, al lado, detrás de ti no siempre quiere decir que estás acompañada. No sé si me explico.
Tuve unas repentinas ganas de hacer algo que hace años no hacía. Busqué en el cajón y ahí estaban, dos cigarrillos. El hombre con el que salí unos meses fumaba como una chimenea y siempre dejaba sus porquerías en mi casa. Yo odiaba hacerlo, no le encontraba razón alguna; excepto ese día. Tengo una especie de fijación en encender fósforos, me gusta mirarlos prendidos.
Fue lo que hice y prendí el tubito de mal sabor. Desde que había terminado con el sujeto que mencioné que no fumaba, ni encendía un fósforo. Aspiré el humo, no me gustaba; pero no tenía nada más que hacer.
El olor se impregnó en mi habitación, era de noche y todos dormían. Aproximadamente eran las 5 de la mañana. Cuando terminé el cigarrillo, bastante asqueada. Nunca he servido para los tubitos estos, siempre me han dado asco. Salí a ver el amanecer y me senté en el patio, hacía mucho frío, pero me daba igual.
Me quedé un rato ahí, luego volví a la habitación y jugué un rato con los fósforos. Ya eran las 9 de la mañana, cuando empezó el movimiento en la casa. El olor a tabaco ya había desaparecido a esa hora. Fingí estar dormida.
-¿Quieres desayunar? –me preguntaron.-
-No todavía, me levantaré más tarde –dije y traté de dormirme.
Cuando abrí los ojos, ya eran las once. Todos habían salido y estaba la puerta de la casa con llave. Suelen cuidarme mucho. Me levanté y comí algo, no mucho tampoco. Seguía intranquila, en serio, nunca me había sentido tan sola. Tomé el último cigarro que tenía, lo empecé a cortar y lo boté a la basura, ya no quería nada con ese asunto del tabaco. Que nauseas.
Me duché rápidamente, vestí del mejor modo que pude, aunque nada me convencía, mi moral estaba algo baja y no me gustaba ni un poco como me veía. Me arreglé de todos los modos posibles, no llegué a nada ¡Menuda situación!
Comencé a dibujar, me dibujé. Me hizo gracia el dibujo, se parecía bastante, pero estaba triste. No muy alejado de la realidad, diría yo. Arreglé bastante el dibujo y lo puse en el escáner. Me hubiera gustado mejorarlo, pero no me quise arriesgar a nada. A nada.
Cuando todo terminó superándome. Encontré unos botes de pintura y comencé a pintar mi habitación, traté de hacerlo cuidadosamente. Los colores se mezclaban entre sí, era un patrón indefinido. Quizás muy psicodélico, también escribí encima de la pared, frases que llevaba en la mente hace días… “No sé bien, que puedo pensar, pero al menos, vivir puedo con alegría, a pesar de los dolores atragantados”.
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