En los bosques suelen haber muchos animales, en especial zorros o conejos, cosas por el estilo, y este bosque no era la excepción. Aunque, aquí siempre caminaba una muchacha cuando quería alejarse un poco de el ambiente que la rodeaba, no le gustaba la ciudad, ni el ruido, ni nada que tuviera que ver con esas cosas urbanas, por eso siempre que podía salir de la ciudad lo hacía lo más rápido posible y se dirigía al bosque, aunque no podía quedarse demasiado tiempo porque a la hora donde el sol se ponía le costaba demasiado volver a casa a causa de la falta de luz, y tomando en cuenta que su visión nocturna era un asco.
Un día, mientras paseaba como solía hacerlo, con su cabellera rubia platinada y sus ojos de color poco común, encontró a una pequeño conejito de color siena, le llamó tanto la atención que no pudo evitar seguirlo... Éste, al notar que la muchacha no se rendiría se quedó quieto y le miró, no sé cómo poder decir algo así... ¿Es normal sentir que un pequeño conejito te tiene los ojos puestos encima de una manera así? Lo tomó y miró más de cerca, para darse cuenta de que en realidad parecía mirarle. Lo acurrucó en sus brazos y caminó un poco más con él apoyado en su pecho. Se sentía más tranquila con él junto a ella, logró comprender algún tipo de conexión... Una paz que no lograría explicar a nadie.
Al final del día tenía que regresar y no podía llevárselo, así que lo dejó libre y se marchó.
Pero cuando en su hogar se vio, notó que no había llegado sola como se había marchado, porque el pequeño conejito de largas orejas la había seguido y no pensaba marcharse.
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