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viernes, 12 de octubre de 2018

7 años

Tantas veces he escuchado decir que el tiempo no pasa en vano, y que las cosas que hicimos en el pasado de alguna forma van a afectar directamente en las decisiones, en los caminos que tomamos en el futuro. Y sí, así es, o al menos, de aquella forma lo veo ahora. Me dijeron que la mejor forma de calmar las aguas en mi interior y cerrar por fin un ciclo funesto de amor a medias, de dolor incurable, de indecisión y de huídas, era ponerme de frente y decir cada error, asumir cada mala decisión, saber entender que lo había hecho mal y que mis decisiones no habían sido las mejores.
Y lo hice, me encontré con, quizás, el nombre más importante en una lista de nombres que he querido borrar a rayones, de esos tan fuertes que rompen la hoja donde alguna vez fueron escritos, y el único nombre que nunca se pudo borrar era aquél, el de esa persona a la que tuve que confesarle lo que menos quieres asumir como persona: que me había equivocado. Que cuando me decía a mí misma que no debía, lo único que deseaba era hacerlo, que cuando me decía a mí misma que debía ser honesta, corría, me cubría con el manto de la vergüenza y las ganas de llorar, por creer que en la voz de ese otro existía una negativa enorme y una petición implacable de que saliera de ahí de una buena vez. Y, ¿qué duele más? ¿Saber que se estaba equivocada o saber que no puedes cambiar el pasado? ¿Qué te hace más daño? ¿Saber que incluso ahora, pasado el tiempo, es como si en tu corazón no hubiese cambiado nada, o saber que eso mismo ya no importa? Porque ningún nombre puede borrarlo, porque ninguna piel parece ser más electrizante, porque ninguna lágrima anteriormente derramada se siente más fuerte que el dolor que te provoca saber que los errores te hacen perder amores, que los amores no son tan fáciles de destruir, que tu corazón sigue completamente enamorado.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Hambre



¿Hambre? Sí, claro que la tenía. 
Estaba hambrienta de afecto, de dulzura,
de pasión y amor.
Amor sano, ese amor que no daña, 
que no hiere, que no mata. 

Hambre tenía sí, hambre de ti, completamente.
De tu voz, de tus ojos, de tus manos, todo.
El minimo detalle, el mínimo tacto, 
la esencia misma de tu complejidad. 

Un hambre profunda, tan profunda como mi boca,
como mis labios, como mi alma entera.
Pero cómo iba a saber yo, que por mostrarla,
te ibas a reír así de mí. 


lunes, 16 de julio de 2018

Incompatibles


No imaginaba que la libertad viniese acompañada de la soledad, además del aprendizaje que implica estar con una misma. 
Alejarse de lo que te hace daño va de la mano con otra enseñanza, el aprender a tenerse, a quererse y a cuidarse. 
Sin embargo, y qué terrible que sea de esta manera, se va formando una barrera que no dejará entrar a nadie por más que así lo desee; que está rodeada de un miedo que desgasta y que no ayuda a que la catarsis pueda concretarse.

sábado, 26 de mayo de 2018

Cómo


¿Cómo le pides a la persona que te destruyó que te devuelva la vida?
¿Cómo recuperas todo lo que habías construído, que así como una torre de naipes, se vino abajo?


¿Cómo vives, cómo sueñas, cómo amas?
¿Cómo vuelves a querer mostrar tu corazón cuando está hecho pedazos?
¿Cómo escribes si al hacerlo caen lágrimas?
¿Cómo gritas sin enmudeces de la nada?

힘들면 잠시 쉬어도 좋아..

sábado, 19 de mayo de 2018

Existes


Tu alma desgarrada grita justicia, tan fuerte que te arde la garganta al hacerlo. 
Por ellas, por ti, por todas; porque es lo mínimo, porque es necesario. 
Recuerdas lo que has vivido, como te salvaste de estar ahogada y callada, asintiendo y evitando que se notara tu disgusto ante cualquier situación. 


Te duele recordar los juegos, las mentiras, el amor que no existía. 
Por eso gritas, por eso saltas, por eso te escuchan, por eso les incomoda. 
Tu dolor los pone nerviosos, los hace querer mirar hacia otra parte; tus pasos firmes les dan deseos de huir. 
De huir a un lugar donde no te escuchen, donde no sientan tu dolor, donde no existas. 
Pero existes, existes por lo que has sufrido, existes por lo que deseas conseguir.
Existes porque no estás sola, porque ellos si lo están.

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miércoles, 4 de abril de 2018

Culpa

Muchas veces, al menos, a la mayoría, nos piden que no demos demasiado a otros porque podemos salir lastimados. A medida que pasa el tiempo, crecemos y experimentamos el trato con otras personas, sí, salimos gravemente lastimados en más de una ocasión. Es de esta forma que terminas cerrándote, aislándote y buscando dentro de ti mismo/a alguna forma de estar mejor y no volver a cometer tal error como abrirle tu corazón a una persona que no lo merezca.
En este momento, una culpa corroe mi interior, buscando liberarse con el llanto, la risa falsa y un montón de dolores corporales, la culpa de haberse enamorado en tan poco tiempo, la culpa por sentir. Entonces... ¿sentir es algo malo? Para los ojos del mundo parece que sí, que no debemos abrir el corazón, que derretirnos con la mirada de otro es el mayor error que podemos cometer, y cuando sucede... Oh no, has caído, y eso no será bueno. Al menos, eso creen. Mientras más puedas negarlo mejor, mientras menos lo expreses estarás a salvo, porque no tienes permiso de amar a alguien que claramente no lo hace ni lo hará nunca. Porque si bien todo lo que diste lo hiciste porque comenzabas a enamorarte, eso no fue más que un juego para el otro, un pasatiempo, un experimento, sólo quería aprovecharse de lo que podías entregar. Es así como las ideas de sentimientos sempiternos se alejan, el corazón duele con vehemencia y parece que una parte de ti ha fenecido; que nunca volverás a caer de nuevo, que aunque lo veas y se te desplome el alma no debes demostrarlo, que él está feliz ahora, que no le importa y no ha derramado ni una sola lágrima, incomparables a las miles que has dejado caer tú. Que cuando te miran compasivos diciendo que de todas formas fue algo tan efímero y fugaz, que no llegaste a sentir nada y que debes simplemente avanzar te lastima aún más. Es como si tus sentimientos no importaran, no valieran y no debiesen existir. Debes volverte fría, impoluta, retraída y fingir hasta el final que no te duele y jamás te dolió.
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domingo, 18 de marzo de 2018

La caída de una torre

Apareciste en uno de los momentos más difíciles para mí, y créeme que creí que venías a salvarme, a ayudarme a salir adelante y demostrarme que todo podía estar mejor, porque yo valía muchísimo y porque tú querías ser ese compañero que no había podido poseer realmente. Alimenté el deseo de obtener de ti la mayor de las alegrías, teniendo días maravillosos, conversaciones que llenaban el alma y construyendo dentro de mi corazón una pequeña ilusión, que venía a barrer con cada momento angustiante vivido por meses. Realmente te creí, confié en cada palabra que salía de tu boca, en cada muestra de afecto, en esos ojos que brillaban y ese corazón que golpeaba con una inmensa fuerza en la intimidad. Sin embargo, sucedió, y como un castillo de cartas, piezas de dominó o incluso, una torre de jenga, sólo hubo que mover un elemento para que todo se desmoronara, casi tan rápido como se iba construyendo. Con excusas vacías y miedos comprensibles, pero sin fundamento, corriste de mí muy fuerte y muy lejos, apelando a que no podías ver más allá de tu presente, que la inseguridad era mutua, que no podía ser. La angustia, la ansiedad y el temor volvió, y creerlo resultaba realmente complicado, hasta que me regalaste otros momentos de paz, mostrando, a tu manera, arrepentimiento y dejando la impresión de que no era lo que realmente querías. Mantuve la esperanza en que querías intentarlo pero no sabías cómo, pensé en esperarte, en confiar en que tus sentimientos eran reales y que sólo debía esperar a que pudiéramos volver a estar juntos. Esperé, no había día donde no pensara en que las cosas podían volver a ser un paraíso. Pero esperar no fue la solución, y con la espera llegó el silencio y me evitaste, como quien ignora la lluvia en la madrugada porque tiene el sueño pesado, como quien ignora los truenos porque le aterrorizan. Así, la torre volvía a caer. Y cuando te vi, el dolor regresó, más al pensar que ese cariño se había vuelto odio, o peor, que jamás había existido cariño alguno. Y lo vi, en tus ojos y tus palabras, un rencor que calaba en lo profundo de mis entrañas, unas frases que se ensartaban como agujas en mi espalda, demostraciones de desdén, de rencor, de rabia y asco. Así entendí, entendí y duele haberlo entendido, que no podía hacer nada, que nunca regresaría el espíritu amable y dulce que había acogido en mi pecho por semanas, que acariciaba mi piel con delicadeza, que besaba mi ser con brío; aquello jamás volvería, porque quizás había sido falso o simplemente se había muerto. Así como murió un poco de mi propio espíritu siendo utilizado por las inseguridades, el dolor y el miedo a cometer más y más errores. Hoy busco resucitar, alejarme de ti y de tu esencia que no hizo más que pudrir gran parte de mi corazón, que hoy late con dificultad, abrazado únicamente por aquellas personas que siguen buscando la luz que poseo dentro. 
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